Por qué aún no tenemos una píldora masculina

En 1951 el joven químico de la UNAM Luis Ernesto Miramontes logró sintetizar la noretisterona, el compuesto activo base de la píldora anticonceptiva femenina, que años más tarde transformaría el papel de la mujer en la sociedad. Seis décadas después aún no existe en el mercado ningún anticonceptivo masculino, pese a que en todo el mundo se exploran líneas de investigación enfocadas a esa meta…

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Un estudio reciente que analizaba la eficacia de una inyección anticonceptiva masculina se suspendió después de que los hombres que participaban en él notificasen una mayor incidencia del acné (casi la mitad de ellos), trastornos del estado de ánimo (más de la quinta parte) y un aumento de la libido (más de un tercio). De hecho, había 320 hombres en el estudio… y se notificó un total de 1.491 acontecimientos adversos. Quienes supervisaban el ensayo consideraron que estos efectos secundarios eran más importantes que el hecho de que, aparentemente, la inyección anticonceptiva funcionase bien a la hora de reducir la producción de esperma (y las pruebas parecen confirmar sus inquietudes).

No obstante, muchas mujeres tendrán la impresión de que esos efectos secundarios parecen poco importantes comparados con los de la píldora anticonceptiva femenina (y tampoco les faltará razón). Algunos de ellos son: ansiedad, aumento de peso, náuseas, cefalea, disminución de la libido y coágulos sanguíneos. Lo que nos lleva a la pregunta de por qué es tan difícil fabricar un anticonceptivo masculino. Y si este se ha dejado de lado por sus efectos secundarios, ¿habría llegado a comercializarse la píldora anticonceptiva femenina de haberse inventado en la actualidad?

A primera vista, controlar la fertilidad del hombre debería ser la opción más sencilla. El esperma se produce de manera constante, y no por ciclos, como los óvulos de la mujer. Lo cual significa que, salvo que exista un problema de salud subyacente, los hombres siempre son fértiles. Además, como conocemos bien el proceso biológico de la producción de esperma, los métodos para interrumpirlo también están claros.

De hecho, el estudio antes mencionado utilizaba la relación de sobra conocida entre la testosterona —la hormona que confiere al hombre sus caracteres masculinos— y la producción de esperma. Cuando se administra a los hombres testosterona sintética combinada con un progestágeno, que es otra hormona —similar a las que suele contener la píldora—, la producción de esperma en los testículos se reduce drásticamente.

Antes de que se interrumpiese el estudio, los investigadores de la Universidad Martín Lutero (Alemania) observaron que las tasas de embarazo de los hombres del ensayo se reducían hasta una cifra equivalente a tan sólo 1,5 bebés concebidos por cada 100 parejas. Si se compara con la tasa de embarazo de las mujeres que toman la píldora combinada, nueve bebés por cada 100 parejas, la creación del anticonceptivo masculino parece de cajón.

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Entonces, ¿cuál es el problema?

A pesar de lo anterior, nos encontramos con el final de otro estudio (y no estamos más cerca de la fabricación de un anticonceptivo masculino viable). En consecuencia, las mujeres vuelven a estar solas a la hora de hacerse cargo de su fertilidad, y también de soportar el peso de los efectos secundarios. Puede que muchas mujeres consideren que esos efectos son un mal menor comparados con un embarazo no deseado, y puede que muchas también se pregunten si será efectivo dejar la responsabilidad de la anticoncepción en manos de los hombres.

Pero los efectos secundarios del anticonceptivo masculino podrían tener, de hecho, una consecuencia beneficiosa insospechada. Si los dos tomasen anticonceptivos —y ambos pasasen por la experiencia de los efectos secundarios—, se crearía un sentimiento compartido de responsabilidad sobre la fertilidad de la pareja. Además, si uno de ellos tuviese que interrumpir el uso del anticonceptivo, el otro podría empezar a tomar el suyo, con lo que se repartirían las repercusiones de los efectos secundarios.

Entonces, ¿por qué resulta tan difícil crear un anticonceptivo masculino eficaz, cuando las mujeres toman la píldora, y soportan sus efectos secundarios, desde principios de la década de 1960? De hecho, si nos fijamos en los resultados del estudio original de 1956, resulta difícil entender que la píldora anticonceptiva llegase a comercializarse.

El primer ensayo a gran escala en mujeres se llevó a cabo en Rio Piédras, un complejo de viviendas subvencionadas de Puerto Rico. Las mujeres que participaron recibieron poca información sobre el producto que se les administró, en parte porque se sabía poco y en parte, quizás, porque ninguna de las personas que dirigían el ensayo lo consideró necesario. Así eran los ensayos clínicos en la década de 1950.

Aunque ya entonces las mujeres notificaron efectos secundarios como cefaleas, mareos, náuseas y coágulos sanguíneos, se les quitó importancia en la mayoría de los casos. Menos mal que, desde entonces, la píldora ha conocido mejoras y modificaciones constantes, hasta convertirse en un método anticonceptivo utilizado por unos 225 millones de mujeres en todo el mundo.

No cabe duda de que la píldora ha transformado la libertad sexual de la mujer, y le ha permitido tener un mayor control sobre el momento en que tener hijos. De hecho, en 2012, las mujeres británicas eligieron la píldora como su invento preferido del último siglo (por delante de formas de entretenimiento como Internet y la televisión).

En consecuencia, resulta extraño que las grandes farmacéuticas no hayan invertido más recursos en una píldora masculina. El propio éxito del anticonceptivo femenino parece ser uno de los responsables. Como muchas empresas farmacéuticas obtienen suculentos beneficios con los anticonceptivos femeninos, no muestran demasiado interés por centrarse en otras opciones.

También da la impresión de que no todos los hombres desean este tipo de anticonceptivo. Así lo refleja un estudio de 2005 en el que se encuestó a más de 9.000 hombres de nueve países sobre si estaban dispuestos a tomar una píldora masculina. Aunque alrededor del 70 % de los hombres de España y Alemania afirmó que le gustaría tomarla, menos del 30 % de los hombres de Indonesia mostró una actitud positiva al respecto.

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¿Responsabilidad compartida?

Mientras tanto, parece que, hasta que haya una mayor demanda de una “píldora” propia por parte de los hombres, la responsabilidad recaerá en las mujeres. Lo cual significa que hoy sigue siendo tan necesario como siempre un regulador de la fertilidad tan potente como la píldora anticonceptiva femenina.

Hay que recordar que muchas mujeres toman la píldora por sus beneficios adicionales, como la disminución del sangrado y el dolor menstruales, la reducción del acné y el alivio del síndrome pre-menstrual. Con la aparición de nuevas píldoras anticonceptivas mejoradas, que contienen dosis menores de hormonas, los efectos secundarios negativos de este fármaco también parecen reducirse.

De hecho, a la luz de los enormes beneficios que la píldora anticonceptiva ha reportado a las mujeres y a su salud sexual, resulta difícil imaginar un mundo sin ella. Pero quizás también debamos preguntarnos por qué, en pleno siglo XXI, la idea de que un hombre tome una “píldora” anticonceptiva sigue resultando tan llamativa.

Adam Watkins es investigador asociado de Biomedicina Celular y Tisular en la Universidad de Aston. Este artículo fue publicado originalmente en inglés en la web The Conversation.

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